Presentación de Nombres propios, Natasha Wimmer

Conocí a Cristina hace seis años, cuando se puso en contacto conmigo mientras escribía una especie de biografía ficcional de Roberto Bolaño, autor al que yo había traducido. Nos encontramos en Central Park–yo traía conmigo a mi hija, que entonces tenía dos años–y charlamos. Pasaron cinco años, más o menos, y volvimos a encontrarnos, esta vez en un parque en las afueras de Washington DC, con el hijo pequeño de Cristina, disfrazado para el Halloween. Caminamos largo rato, charlando más.

Mcnally presentación

Les cuento estos detalles, al parecer irrelevantes, porque nuestra historia me recuerda un poco a las historias de la colección que celebramos hoy. Son cuentos que parten de premisas banales y que están llenos de detalles precisos, pero que encierran confluencias y paralelos a veces surreales y siempre desconcertantes. Si nuestra historia hubiera continuado como una de las historias de Cristina, quizás nuestro vínculo bolañesco se hubiera transformado en una envidia mutua o en un acercamiento exagerado. Quizás incluso hubiéramos llegado a intercambiar vidas e hijos, entre un encuentro al sol matutino de Harlem y el sol poniente de Glen Echo, Maryland.

En uno de mis cuentos favoritos de esta colección, “Abril en Paris,” Abril y su marido Hugo dejan a un país sin nombre para venir a vivir a Paris. El trabajo de Hugo paga bien, y Abril pasa los días de manera ociosa, explorando la ciudad. Se supone que se sentirá sola, pero al contrario, cada día está más feliz–casí extática al ser liberada de amigas y familia. Un día, pasa algo que le trae un placer incluso más intenso: le parece que ve a su hermano menor, muerto ya hace varios años en un accidente de tráfico, caminando por la ciudad, ya crecido y contento con su vida en Paris. La frase “Abril en Paris,” ya con un giro irónico, da un giro más. Abril está en Paris, y parece que París es un paraíso más que figurativo–pero el éxtasis de Abril nos deja inquietos.

En cada cuento, los nombres propios se piden prestados. Lenin es un empleado de librería, desdichado en el amor; Cleopatra es una universitaria que se obsesiona con la hermana de su novio; Magritte es un inquilino sinverguenza; América es una empleada de panadería en La Paz; Freud es un pez. La colisión entre la imagen clásica que tenemos de un Lenin o una Cleopatra y los personajes concretos de Cristina, siempre imperfectos y muy humanos (incluso el pez), da a la colección un tono lúdico, de broma elevada, pero también introduce una disonancia fértil y estimulante, un tipo de cámara de ecos que nos recuerda que ninguna persona es la suma precisa de sus partes.

Varios de los cuentos empiezan con un veredicto conciso sobre el protagonista, que después se modificará o se desarrollará de manera sorprendente. Por ejemplo, “Las maletas de Lenin” comienza así: “Lenin es un poeta. Aunque tenga nombre de actor de segunda, es una persona seria y reservada. Es tímido comparado con un actor, pero no si lo comparamos con otros poetas. Al final todo es cuestión de con quién te comparas.” Pues sí–todo es cuestión de con quién te comparas. Y la afición humana de comparar, de medir, la curiosidad que sentimos al conocer a alguien nuevo, se capta de manera cálida y original en estos cuentos.

Lenin es poeta, o quiere ser poeta, pero también carga y descarga maletas en un aeropuerto, y también trabaja en una librería, y también se ha enamorado de una de sus colegas de la librería, pero lo que recordará con más placer de esta época de su vida será el gusto que le da comer la tostada que le prepara la compañera de su colega para el desayuno.

Una cita de Clarice Lispector hace de epígrafe a la colección, y también aparece en uno de los cuentos. “Lo que me tranquiliza es que todo lo que existe, existe con una precisión absoluta”. La precisión de los cuentos de Cristina reside en detalles como esa tostada, y la precisión de las cosas sirve de consolación a los personajes de los cuentos. Cuando el pobre Pasternak no logra captar la atención de la bella Sol en la playa, “espera a Sol con la tapa de la botella de agua que Sol utilizó para lavarse la cara. Una tapa transparente con letras azules que Pasternak lleva donde vaya, como un amuleto de la suerte y del amor que cree haber encontrado”. En estos cuentos tan pulidos, cálidos, e inteligentes, las palabras sirven como amuletos en manos del lector.

Como Cortázar, Cristina explora las posibilidades lúdicas del cuento; como Alejandro Zambra, nos da entrada a las vidas íntimas de sus personajes. También nos dan una sensación de las posibilidades infinitas de la vida. Por las márgenes de las historias, Cristina nos da vistazos del futuro de los protagonistas, o incluso de personajes marginales.

juegos con pasado, presente, y futuro.

pero también en su lenguaje preciso y lúcido, y a veces levemente irónico

y en la temática a la vez universal y muy específica.

El equilibrio entre lo universal y lo específico es quizás el logro más impresionante de esta colección. La calidez humana de los cuentos me recuerda a Alejandro Zambra; la precisión del lenguaje a Samanta Schweblin; y el humor y la inteligencia lúdica los colocan en la tradición de Cortázar.

Natasha Wimmer es la traductora de siete libros de Roberto Bolaño, incluyendo “Los Detectives Salvajes” y “2666”. Sus más recientes traducciones son “Tiempo de vida” de Marcos Giralt Torrente y “Muerte súbita” de Álvaro Enrigue. Ha publicado reseñas en “The New York Times” y en “The Nation”. Vive en Brooklyn con su marido y sus dos hijos.

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